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“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos existan o no,
diagnosticarlos incorrectamente y aplicar el remedio equivocado”
Ernest Benn

Estaba leyendo hace algunos días en una revista especializada –proveniente de Europa, como es esperable– sobre cómo se han desarrollado explosivamente los sistemas de “Bicicletas Públicas” (BP) en múltiples ciudades Europeas. Con Serbici en Sevilla, Vélib en París, Bicing en Barcelona, Velo’v en Lyon y muchas experiencias previas en Alemania, Holanda, Noruega y otros países ya han comenzado a incluirse en este boom de las BP. Considero relevante, sin embargo, discutir algunos aspectos de un post previo en Ambient-all, referido a las BP de Providencia, intentando dar una visión crítica del fenómeno.
La justificación de la implementación de proyectos de BP es muy intuitiva. Así como reconoce la Ley de la Bicicleta en nuestro país, la bicicleta es un medio de transporte eficiente en distancias urbanas, es ecológico al no utilizar combustible fósil y no producir ruidos molestos, es económico en niveles no competitivos y es sano, en tanto constituye una actividad física a la vez no lleva a donde queremos ir. Por otro lado, reduce la congestión vehicular. Podemos decir que es un transporte “sostenible”, en la medida que una ciudad sea capaz de integrar a la bicicleta en el sistema de transporte público y provea una infraestructura que garantice condiciones de seguridad para los usuarios. Incluso, hay quienes sostienen que las BP fortalecen la identidad local y que forjan una cultura de respeto al ciclista por parte de los conductores de vehículos motorizados. Y principalmente, el proyecto –al menos teóricamente– hace accesible las bicicletas a sectores de la población que no pueden comprarlas.
Bajo estos supuestos, no aparecen muy claras las desventajas de un sistema de BP. Sin proponer que las BP no deben ser implementadas, hay que considerar lo siguiente: ¿Realmente las BP fomentan el uso de la Bicicleta?
El primer –y quizás más importante– cuestionamiento que aparece es el efecto sobre el mercado de las bicicletas. Las consecuencias son múltiples, pero básicamente relacionadas con la reducción de la demanda por bicicletas y productos relacionados:
•    Desincentiva la compra de bicicletas: cuando el municipio (¡ojalá fuera el estado!) ofrece un bien o servicio, obviamente se va a reducir su demanda en el mercado privado. Esto tiene el riesgo de aumentar los precios de las bicicletas, si uno desea comprarlas para su uso personal.
•    Reduce la profesionalización y el uso recreativo de la bicicleta: si bien puede fomentar la utilización de la bicicleta en contextos urbanos, es más difícil pasar de transporte a deporte cuando la bicicleta no es de propiedad del usuario. Asimismo, el usuario deja de pensar en upgrades tecnológicos y de calidad en tanto la bicicleta no le pertenece.
•    No fomenta la compra de elementos de seguridad y otros accesorios: aunque en París se permita circular sin casco ni ningún tipo de protección cuando se anda en bicicleta, la ley chilena obligará a utilizar casco en zonas urbana. A menos que la misma municipalidad incluya cascos en su oferta, sin una campaña seria de promoción de la seguridad, las personas no van a comprar sus propios cascos.
•    Perpetúan la desigualdad por discriminación geográfica: en la medida que sean las comunas ricas que puedan implementar BP, serán las personas más favorecidas las que tendrán acceso a este beneficio. Además, sólo se promueve el uso de la bicicleta en sectores en que las personas tienen fácil acceso a metro, micro y a distancias caminables.
Uno podría pensar, bueno, que es un “precio pequeño para eliminar el enemigo”. Pero, en el largo plazo, quizás debiera haber una consideración de estos elementos. Las BP generan efectos sobre el mercado de las bicicletas –al menos, directamente sobre el mercado de las bicicletas urbanas– y quizás incrementen la cantidad de ciclistas (al menos, del sector en que están disponibles).
Además, la implementación de sistemas de BP, ¿solucionan los reales problemas del ciclismo urbano en nuestra ciudad? Al parecer, esto no es tan claro. Vamos a enumerar algunos puntos al respecto, particularmente referidos a la ciudad de Santiago:
•    Para cumplir el objetivo del transporte, no pueden estar centralizadas: en la medida que estas iniciativas de BP sean municipales y estén concentradas en sectores centrales, no permiten el transporte desde las comunas en que las personas residen hasta aquellas más céntricas donde trabajan.
•    No resuelve el problema de estacionamientos: la existencia de un sistema de BP desincentiva la construcción de estacionamientos públicos (o guarderías) para bicicletas propias de los usuarios.
•    No resuelve el problema real de la integración al transporte público: desincentiva la idea –muy común en países desarrollados– de incorporar sistemas para que los usuarios lleven sus bicicletas en el metro y el los buses, como ocurre en ciudades de Francia y EEUU.
Estos son sólo unos pocos de muchos argumentos que pueden esgrimirse. En estas condiciones, más que celebrar de buenas a primeras la instalación de este sistema, es necesario hacer el ejercicio crítico y reflexivo, de modo que pueda hacerse presión ciudadana para que las BP se implementen y masifiquen, pero que no afecten negativamente el mercado privado de las bicicletas y, simultáneamente, contribuyan a la solución de los problemas más importantes del ciclismo urbano en nuestra ciudad. Así, estaremos contribuyendo de manera efectiva a tener una ciudad más limpia y con ciudadanos más saludables.

Algunas referencias de interés:
http://www.fundacionmovilidad.es:8080/_archivos/_upload/_archivos/Gonzalo.pdf
http://ange.archangelis.com/typo3/niches/fileadmin/New_folder/Dissemination/Other_events/Articulo_bicis_publicas_211107.pdf
http://www.bicicletaspublicas.cl/
http://www.bicicultura.cl/
http://es.wikipedia.org/wiki/Ciclismo_urbano